Orlando Bloom se nos budaíza
Ignoro si el término “budaizarse” existe pero, si no es así, debería acuñarse para definir la manía, costumbre y/o excentricidad, que cada uno elija la más apropiada, que tienen las estrellas de Hollywood a la hora de abrazar la fe budista.
Por supuesto que no es el primero y, no sé si afortunada o desafortunadamente, desde luego que no será el último.
Richard Gere, Nacho Cano e, incluso, nuestra Pe, se lanzaron a la búsqueda, no ya del templo perdido, sino de vaya usted a saber qué.
Las estrellas, independientemente del fulgor que desprendan, cambian de religión como cualquier hijo de vecino lo hace de camisa.
Hoy es el budismo, mañana será la Cienciología y, al día siguiente, la Iglesia de la Patata en la Cabeza.
El caso es ser diferente.
Una estrella, por muy breve que sea su resplandor, tiene que distinguirse del común de los mortales, bien abrazando una fe extraña y exótica, bien pidiendo huevos de tortuga para almorzar.
Ellos nunca pueden hacer las mismas cosas que hacen los demás.
Por eso, cuando una de estas estrellas anuncia que abandona el mundo del cine durante cierto tiempo para nirvanear lo que se pueda y le permitan, uno reacciona con la misma cara que pondría si viera a Sofía Mazagatos, verbigracia, leyendo el Ulises de James Joyce… con perplejidad, asombro, incredulidad y cierto escepticismo.
Porque, en la mayor parte de los casos, la única religión en la que creen estas estrellas es la de la satisfacción de sus egos desmedidos.
Y da igual si hay que abrazar la fe budista o un cactus espinoso.
Como decía anteriormente, el caso es ser diferente.

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