Simpatía por Paquirrín
Siento simpatía por determinados personajes de los que pueblan el papel cuché, no lo puedo evitar. Son personajes (personas en algunos casos) que, cierto es que no se les conoce profesión alguna, aparte de la muy noble y reconocida de “hijo de” pero, pese a ello, no es menos cierto que jamás la han ejercido.
Un claro ejemplo de ello es Paquirrín. O Kiko Rivera, me da igual. O el hijo de la Pantoja, para que nos entendamos todos.
Este personaje (que no la persona, ojo, no nos confundamos) puebla, día sí y día también, las portadas de multitud de programas de televisión dedicados en exclusiva al color rosa y, curiosidades de la vida, él nunca ha vendido nada (al menos, hasta donde yo sé y, debo confesarlo, mis conocimientos del colorín se limitan a lo que me dura el tazón de cereales del desayuno, que es el momento del día en el que leo literatura de peso), nunca ha formado parte del circo en el que está metido, así, sin comerlo ni beberlo.
Porque Mamá, sí. Mamá sí ha vendido todo lo vendible y más, usando a sus propios hijos como aderezo para la carnaza que ha estado vendiendo (léase utilizando el presente contínuo anglosajón porque creo que lo sigue haciendo), independientemente de su faceta como artista, indudable por otra parte (al margen de los gustos persoanles, por supuesto).
Supongo que por eso Paquirrín me cae bien. Porque una cosa es ser “hijo de” y aprovecharse de ello, vendiendo exclusivas por doquier, y otra muy diferente es ser una víctima del negocio que Mamá Pantoja y los periodistas del medio montaron hace mucho tiempo (¿sigue siendo “la viuda de España” o ese cuento ya terminó?).
Así que, por mi parte, querido Kiko, tienes mi bendición (aunque supongo que te importará un carajo, como debe ser) para vivir tu vida como te dé la gana y, si puedes, no pegues un palo al agua nunca, que te lo has ganado por todo lo que has tenido (y tienes) que tragar.
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